Diego Portales: Entre la Historia y la Mirada Contemporánea

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Diego Portales: Entre la Historia y la Mirada Contemporánea

por Bastián Becker

Para quien recorre a diario las facultades de la Universidad Diego Portales, el nombre que las encabeza suele pasar inadvertido: está ahí, pero no interpela. Funciona más como un ruido de fondo, parecido a los nombres de las calles o del metro, que se repiten sin mayor reflexión. Algo similar ocurre en muchas instituciones que llevan el nombre de figuras como Andrés Bello o Gabriela Mistral: se da por sentada su relevancia, se la acepta sin preguntas.

Pero parece algo básico saber de dónde provienen estos nombres, quiénes fueron estas personas y por qué llevan el nombre de una institución. Por lo mismo, en esta ocasión romperemos esta inercia y analizaremos a Diego Portales Palazuelos. Su historia está lejos del relato pulcro y celebratorio; al contrario, abre una discusión incómoda donde el orden, el pragmatismo político y la construcción del Estado chocan con dilemas éticos y una vida privada que tensiona cualquier intento de veneración simple.

Nacido en 1793, en pleno corazón de la aristocracia santiaguina, Diego Portales nunca fue el intelectual clásico. No fue un académico brillante ni un jurista acabado, pese a haber iniciado estudios de Derecho que jamás concluyó. Su terreno natural era otro: los negocios. Y fue precisamente un fracaso —su intento de hacer fortuna con el comercio del tabaco en el Perú, truncado por la inestabilidad política— lo que generó la pregunta: ¿Cómo se convirtió en quién hoy conocemos?

Resulta que este último suceso marcó un punto de inflexión. Portales entendió algo decisivo: sin orden político, no hay prosperidad posible. Ese descubrimiento práctico empujó su tránsito desde el empresario frustrado al operador del poder, una mutación que terminaría dejando una huella profunda en la historia de Chile. Quien alguna vez declaró que la política no le interesaba, acabaría diseñando un sistema que privilegiaba la estabilidad por sobre cualquier ideal democrático.

El poder, en manos de Portales, fue tan concentrado como atípico. Nunca fue presidente, pero gobernó con una influencia difícil de igualar, moviéndose entre ministerios y decisiones clave, controlando elecciones y alineando voluntades con una frialdad calculada. Su pensamiento político se entiende mejor a través de sus propias palabras:

"Si un día [...] tomé un palo para dar tranquilidad al país, fue sólo para que los jodidos y las putas de Santiago me dejaran trabajar en paz."

Para Portales, el uso de la fuerza era un medio legítimo para imponer tranquilidad en una sociedad que consideraba indócil. Ni la Ley o la propia Constitución se quedaron fuera de su lógica:

"... De mí sé decirle que con ley o sin ella, esa señora que llaman constitución hay que violarla cuando las circunstancias son extremas."

Hoy no cuesta reconocer en este enfoque un sello autoritario y abiertamente antidemocrático. Aun así, fue ese mismo criterio el que permitió consolidar las bases institucionales de la joven república, a costa de libertades civiles sacrificadas en nombre de la eficacia y el orden.

En su vida privada, esa figura férrea se resquebraja. Tras la muerte de su esposa —y prima— Portales adoptó un modo de vida bohemio y hedonista, en abierta contradicción con la moral rígida que exigía en el espacio público. Su relación con la joven Constanza de Nordenflycht constituye uno de los episodios más oscuros de su biografía. De ese vínculo nacieron tres hijos, en un contexto que hoy resulta imposible no calificar como abusivo y profundamente misógino.

Allí aparece con claridad la paradoja: el hombre que reclamaba disciplina y orden para el país era incapaz, o no tenía interés, en aplicarlos a su propia intimidad. Esa tensión obliga a preguntarse hasta qué punto es posible separar la eficacia política de la responsabilidad moral.

Que su nombre siga presente en estatuas, calles y universidades no implica una adhesión automática a su carácter ni a sus valores personales. Las instituciones no suelen homenajear éticas privadas, sino impactos históricos. Mirar a Portales con honestidad exige asumir su complejidad: no como un héroe intachable, sino como una figura hecha de contrastes. En él se encarna una verdad incómoda de la historia chilena: que el rumbo de un país puede ser moldeado por la voluntad y la fuerza de un solo hombre, pero que ese mismo impulso deja huellas oscuras que el tiempo no debería borrar ni absolver sin examen.